¿Sufres de... Exigencia despiadada ?


La  exigencia despiadada es una fábrica de insatisfacción constante, puesto que está focalizada en los errores y desprecia los aciertos. No da valor a lo que se ha conseguido y siempre nos recuerda que podríamos haberlo hecho mejor...

Minimizar los comportamientos positivos (propios o ajenos) o pensar que no tienen importancia , puede ser una forma de "castigo". Cada vez que dejamos de prestar atención a nuestros buenos resultados y desestimamos la oportunidad de reconocernos una conquista personal o un éxito estamos dejando de respetar nuestro esfuerzo y el valor de nuestros recursos o competencias personales y/o profesionales. Estamos dejando de reconocer nuestros logros y el esfuerzo que estos han requerido.

Muchas veces, creemos que si dejamos de ser exigentes o auto-exigentes , perderemos en eficiencia, y que si nos paramos a sentirnos orgullosos/as de nuestros éxitos, nos podemos convertir en personas vanidosas o soberbias. Error... Sentirte contento de tus aciertos y atribuirlos, en su justa medida, a tus competencias, es psicológicamente saludable y adaptativo. Aumenta la motivación, ganamos en seguridad y nos estimula a marcarnos nuevos retos.

Y además, si únicamente te enfocas en los errores en lugar de en los aciertos, puede pasarte lo que del cuento...


Cierto día un carnicero que estaba atendiendo a sus clientes vio que un perro se metía en la carnicería. Empezó a gritarle para que saliese de la tienda. El perro salió pero a los pocos minutos volvió a entrar y después de entrar y salir unas cuantas veces más el carnicero se dio cuenta que traía algo en la boca.

Saliendo de detrás del mostrador, se acercó hasta el perro y vio que lo que traía en la boca era una nota envuelta en un plástico. Cogió la nota y la leyó: “Podría usted enviarme medio kilo de chuletas y cinco salchichas?”. Envuelto en el plástico venía también un billete de 50 euros.

El carnicero preparó el pedido y una vez listo metió en una bolsa las chuletas y las salchichas junto con el cambio. Mostró las asas de la bolsa al perro, que las puso en su boca y abandonó la carnicería.

El carnicero estaba asombradísimo y decidió salir detrás del perro para ver qué hacía.

El perro caminó por la calle hasta llegar a un semáforo donde se paró, depositó la bolsa en el suelo, se alzó sobre sus patas traseras y pulsó el botón para que el semáforo cambiara a verde para los peatones. Esperó sentado con la bolsa de nuevo en su boca hasta que el semáforo le dejó pasar, cruzó tranquilamente y caminó hasta la parada de autobús. Al llegar, observó las señales que indicaban los diferentes autobuses y sus rutas, se sentó y esperó.

Al poco rato para un autobús pero el perro no se movió, un poco más tarde llego otro y el perro subió rápidamente por la parte de atrás para que el conductor no lo viese. El carnicero no daba crédito a lo que estaba viendo y subió también al autobús.

Tres paradas después el perro se alzó sobre sus patas, tocó el timbre y cuando el autobús paró se bajó. El carnicero bajó tras él. Los dos caminaron unos minutos más hasta llegar frente a la puerta de una casa. El perro dejó la bolsa en el suelo y comenzó a golpear la puerta con sus patas delanteras mientras ladraba, como nadie le abría dio un salto a una tapia y de allí saltó al alféizar de una ventana consiguiendo golpear varias veces el cristal. Saltó otra vez a la calle y volvió a colocarse frente a la puerta. A los pocos segundos la puerta se abrió y salió un hombre que sin mediar palabra empezó a golpear al perro mientras le gritaba lo inútil que era.

Al ver aquello, el carnicero se fue hacia aquel hombre, le sujetó para que no pegara más al perro y le dijo: ¡Por favor, deje de pegar al perro! ¿No se da cuenta que está cometiendo una injusticia? ¡Este perro es un genio!

“¿Un genio?” gritó el hombre, ¡este perro es tonto! ¡Es la segunda vez esta semana que se olvida las llaves!. 



¿Con qué personaje del cuento te identificas? 
















Si no te premias y no te felicitas por tus logros, no esperes que nadie lo haga.
El amor empieza en casa. 

Walter Riso




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